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¡Y
el Mayor no se inspiró!
Prof. Juanito Martínez
de Osaba y Goenaga
Algunos piensan
que solo poetas, directores de cine, escritores o compositores son
tocados por la varita mágica de la inspiración; se equivocan. Los
peloteros se inspiran, sienten que si salen al robo de segunda, van a
llegar, no siempre lo logran. No podrá negarme usted que es mucho más
halagador ser puesto out inspirado. El subconsciente no lo engañó,
sencillamente el receptor se inspiró mejor y tiró preciso a la
almohadilla. ¡Viva la inspiración!
Pocos
profesionales se inspiran más que los managers. Cuando las cosas salen
bien, aunque vayan contra la lógica, lo agradecen mucho, o mejor dicho,
autoagradecen. Cuando salen mal, dejan de creer en las inspiraciones,
las maldicen. Dura poco el enojo; repiten la jugada.
El más inspirado
de todos es Servio Tulio Borges, manager con nombre de emperador. En el
Mundial de 1969, en República Dominicana, dejó batear al Curro Pérez
para decidir contra Estados Unidos, teniendo a Marquetti en el banco.
Las cosas le salieron a pedir de boca; si no es así, lo matan. Otro día
sustituyó a Rosique por Blandino contra un lanzador derecho en momento
cumbre. El matancero había bateado bien, pero El Gallo sacó la bola del
parque y ganó Cuba. No siempre tuvo suerte. Veo en Servio a un
psicólogo; nadie conoce mejor a sus hombres.

Estadio Augusto
César Sandino de Santa Clara, Cuba
Una noche
terminamos de jugar en el Augusto César Sandino de Santa Clara, nos
dieron pollona, el último fue un juego de casi not hit not run que nos
tiró José Antonio Huelga. Sin quitarse el polvo del terreno, los que
tuvieron la fatalidad de jugar aquella noche, nos montaron en la
confortable Canberra de los años cincuenta.
No sabíamos el
destino, solo que jugaríamos contra los Mineros en Oriente. Los
orientales son parecidos a los pinareños: acogedores, bebedores,
jodedores, en fin, como somos por acá por Occidente. Usted no denota en
ellos aires de grandeza, a pesar de ser grandes.
En el ómnibus, El
Viejito Pando sentenció:
--Muchachos,
abróchense bien el cinturón, porque el viaje es largo.
--Claro que es
largo, --oímos al pimentoso tercera base José Shueg.
--De aquí hasta
Santiago le zumba el mango.
Lejos estábamos
de saber que la próxima subserie sería en Nicaro; para nosotros, donde
el diablo dio las tres voces.

Estadio Guillermón
Moncada, Santiago de Cuba
Después de pasar
horas y horas hasta Santiago, nos esperaban en el Guillermón Moncada. En
menos de treinta minutos pasamos para la guagua checa, el viaje por el
lomerío nos pareció interminable. Al fin llegamos al pueblo, con
aeropuerto y todo, nos llevaron para el albergue. La gente tenía más
hambre que sueño. Preguntó el Mayor:
--¿Y aquí cuándo
se va a comer?
Felipe respondió:
--Preocúpate por
batear, que ya te darán comida.
No pocos se
metieron con el gordo, que para eso lo hizo.
En caravana nos
llevaron al desayuno-almuerzo. Después, un breve descanso y la voz de
Martínez tres veces:
--A las dos en
punto salimos para el estadio.
Cuando llegamos
el sol rajaba las piedras. ¡Y eso que era invierno! Practicamos fuerte.
Después recorrimos el pueblo, fuimos al cine, jugamos dominó y todas
esas cosas que hacen los peloteros.
Llegó el martes.
A las ocho y treinta de la noche comenzó el encuentro. El acogedor
estadio tenía luces débiles, peligro grande para los bateadores, sueño
dorado de cualquier pitcher, sobre todo si se llama Orlando Figueredo,
célebre por su velocidad y descontrol.
Acostumbrados al
terreno, los Mineros jugaban a la perfección, en nosotros reinó el
desconcierto. Así y todo, con excelente pitcheo del zurdo Pedro Pérez,
auxiliado por Domingo, del mismo apellido, nos enfrascamos en buen
duelo; perdíamos por una en el noveno.
Nuestro inspirado
manager miró para el dugout. Con expectación, los suplentes esperamos la
señal, teníamos un hombre en base. Momento de gran tensión. Bate en mano
avanzó hacia nosotros:
--Toma Mayor, ve
y dale jonrón.
--El voluminoso
toletero cogió el bate, se puso el casco y salió, sin inspirarse, a dar
el añorado batazo. Sucedió lo esperado, con mucha dignidad, elevó un
palomón; perdimos una por cero.
Las inspiraciones
son buenas, cuando el inspirado las completa, no puede una persona
hacerlo por otra. Dos cosas estuvieron en contra del deseado jonrón:
nuestro manager no podía batear y El Mayor no se inspiró.
Pinar del Río, Cuba,
a 28 de noviembre de 2006 |