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Profesor Juan Antonio Martínez de Osaba y Goenaga
Tema musical:
Danzón "Almendra"
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Raúl Por el Profesor Juan Antonio Martínez de Osaba y Goenaga A Raúl Martínez Otaño le entró la pelota por la sangre. Sus hermanos Nené, Nancio y José Manuel fueron de los buenos. El primero trascendió como ninguno en Las Minas; el segundo tuvo un trágico final. Los demás –familia larga– también jugaron. Nació el 15 de mayo de 1943. A los catorce años integró un equipo sui géneris, creado por uno de los hombres más acaudalados de las Minas de Matahambre: Los Lumapa. Su nombre, no sé si aún vive fuera de Cuba, Luis Mayor Padrón. El habilidoso comerciante vio un filón de propaganda deportiva. Raúl fue estelar en aquel equipo que tuvo, entre otros, a Felipe Álvarez. Su entrada al roster grande de Las Minas fue en 1959, el sueño de su vida se hizo realidad. Con dieciséis años, estaría junto a sus hermanos Nené y Nancio, René Melo, José Gandoy, Barrilito Olivero, Tatica Martínez y tantos más. Sus condiciones le abrieron camino. En 1960 el equipo importó jugadores. Eulogio Osorio Patterson, quien después brilló con Los Industriales; Dámaso Torres, un lanzador que hizo estragos en los bateadores rivales y Alejandro Chaterneaux, un camarero espectacular cuyo apellido no recuerdo, que provocó un escándalo, pues por su maestría, con Felipe o René Melo a la diestra, fue protestado por la Liga y declarado profesional; desapareció. Raúl Martínez con Occidentales Estadio Lationoamericano (1963) La II Serie acogió a Raúl con Los Occidentales, dirigido por Gilberto Torres, un excelente pelotero de años atrás. Llamado a filas del Servicio Militar Obligatorio en 1964, no participó en la III, regresó en la IV como refuerzo de Los Industriales, bajo las órdenes de un manager insigne, Ramón Carneado. Al constituirse los equipos pinareños jugó, hasta su retiro, bajo el mando de Ismael, el Gallego Salgado, con Pinar del Río y Los Vegueros; fueron seis temporadas. De buena recta y variado repertorio, tuvo en la inteligencia y el coraje sus mejores armas. Desafiaba a cualquier bateador por temible que fuera. El temple le vino de cuna, con don Tomás y doña Virginia. Muchísimos recuerdos. De ese imaginario baúl saco al espigado lanzador enfrascado en un duelo con un fortísimo equipo en la final provincial, o en aquel intrascendente partido en Puerta de Golpe donde Cañambú y yo nos liamos a batazos contra los lanzadores en una competencia fraternal. Nadie lo disfrutó como Raúl, dueño de un fino humor. Jugaban Camagüey y Vegueros. Los de la tierra de los tinajones se fueron fácilmente encima en el marcador. El turno para Ángel Almanza, una joven promesa. El inesperado toque sorprendió a todos. Nuestro hombre no tuvo paciencia, no esperó como es costumbre, la próxima vez al bate. Desde el box comenzó a decirle improperios, se viró en más de una ocasión para primera tras la carne irrespetuosa. Tuvieron que intervenir los árbitros, el jugador no sabía dónde meterse; tocar la bola con amplia ventaja es una falta de respeto en el código de honor de los lanzadores. Estudió Derecho y después se dedicó a investigador criminal. El temperamento flemático le permitió disponer del tiempo necesario. Su hermana Josefina es escritora de novelas para Radio Progreso y más allá de nuestras fronteras, especialmente en México. Raúl siguió sus pasos, por años escribió Operación Secreta, uno de los espacios más populares de Radio Guamá. También incursionó en otros géneros, hasta novelista. Mi compañero, amigo y vecino Raúl Martínez, quien alguna vez entonó un bolerón, junto a su esposa Margarita y mi buena Carmen en el portal de casa, en la profunda oscuridad de cualquier apagón de los años noventa del siglo XX, fue un artista, un verdadero artista del box y de las teclas.
Raúl en mi memoria Hay un paso que no queremos dar, porque pasamos, de golpe, a internarnos en la memoria. Salimos de la realidad concreta y vamos hacia un impreciso más allá, o muy preciso, solo que sin dilucidar del todo. Por desgracia nos involucramos en ese viaje sin retorno, más natural que cuando llegamos y fuimos haciendo esperanzas para vivir la vida que nadie puede vivir por nosotros, aunque se empeñen. Es la filosofía del presente, el pasado y el futuro. Por fortuna, siempre nacen más, crecen nuevas semillas. Otros se siembran para siempre. Algunos en el infinito por glorias épicas, políticas, culturales o deportivas. Otros quedan en el recuerdo de quienes los quisieron, les perdonaron los yerros y aplaudieron sus hazañas de hombres comunes. Prefiero detenerme en mis inmortales, que anduvieron por el mundo lleno de paradojas, pero con la frente alta. Y basta. Por mucho que trato de ir a las raíces y recordar cuándo, cómo y dónde conocí a Raúl Martínez Otaño, no lo logro. Entonces me doy por vencido y me repito hasta la saciedad que desde siempre, no importan los detalles. Sus contemporáneos de Minas de Matahambre lo tendremos presente, porque nos llevó colgados de su brazo invencible en aquel montículo que adoró y tanto le retribuyó. Raúl solo conoció la pelota, en nuestro pueblo no existía otro deporte, alguna vez practicaron el fútbol, pero eso fue en los inicios del pueblo, no él, ni Felipe, ni ninguno de nosotros. La otra instalación era la cancha de tenis de campo, exclusiva para los norteamericanos y algunos de la aristocracia obrera autorizados a entrar al Casino, el mismo que después fue Círculo Social y hoy EMO Club. Con la Revolución, Rolando Beades y yo inauguramos, junto a otros pocos, el baloncesto. Raúl iba a ver aquellos juegos, pero nunca quiso practicarlo. Para él estuvo vedado por su sangre beisbolera. Eso sí, perseguía como Nené, las peleas de boxeo. Tendría que buscar con paciencia de orfebre la virtud que le trasciende, pero rescato, por sobre todas, el temple de los Martínez. El viejo Don Tomás fue de los más respetados, y hasta temido, a pesar de ser una de las personas más decentes y queridas. Ese cariño fue in crescendo por la gloria de sus hijos Nené, Nancio, Raúl y José Manuel, a quien Nené apodó Casquillo y es el benjamín, también del box. Don Tomás y Virginia Otaño fundaron una familia para recordar en un pueblo de gente buena, humilde, hacendosa y brava. Había que tener una entereza poco común para parir doce hijos y mantenerlos a todos con honor a base del inmenso sacrificio de aquellos tiempos, donde enfermedades benignas se volvían malignas por obra y gracia de la falta de ciencia y de recursos económicos.
Raúl con doña Virginia y un grupo de aficionados Estadio de Minas de Matahambre (1959) Con quince mayos se convirtió en figura respetada de la fortísima pelota de aquellos lares, junto a encumbrados como su hermano e ídolo Nené, René Melo, Barrilito Olivero, José Gandoy y tantos otros. Alternaba en el montículo con el propio Nené, Tite Cruz, Raúl Yoga, El Moro de Quinto, y Nancio, con los importados Dámaso Torres, El Diamante Negro, Eulogio Osorio Patterson y el segunda base profesional Alejandro García Chaternaux. Se convirtió en el gran abridor, la figura de confianza de los directores, con similar figura que Nené. Nunca se ocultó para reconocer en el hermano a su faro y guía. Abrazó la causa beisbolera por él, también el montículo, pues reconoció a tiempo que con el madero no llegaría al estrellato. Éramos casi niños y nos íbamos a jugar a la Represa, al estadio, a cualquier lugar donde se pudiera, que en las Minas no había muchos, él siempre entre los primeros. Con escasas dos décadas de vida y un nombre para respetar, fue llamado a filas del Servicio Militar Obligatorio en la Unidad 3234 de Artemisa. Allí estuvimos juntos tres largos años, desde abril de 1964 hasta junio de 1967. Fue el pitcher estelar, lo reclamaban para las Series Nacionales, jugó con Miguel López, su entrañable Luis Miranda y tantos otros. Yo iba con ellos siempre que podía, aunque no estuviera en el roster. Aquella etapa la recordaba con orgullo, nunca faltó a las fechas conmemorativas para celebrar por todo lo alto con sus antiguos compañeros de armas. Prefiero no hablar de estadísticas cuando me refiero a un hermano, suelen enfriarse los razonamientos. Además, pueden encontrarse en todas las Guías de Béisbol, con sus siete temporadas en equipos vueltabajeros y antes con Occidentales e Industriales. Él se llevó muy dentro aquellas lides donde lo mismo ponchaba a Capiró que le daba un jonrón, donde pegó pelotazos a quienes lo ofendieron y le sirvió en bandeja de plata rectazos de humo al Gigante del Escambray. Allí, con su inseparable Felipito, El Zurdo Pérez, Llende, el recordado Bololo, Papito Cruz, Luis y Genaro Castro, Berto Chori, Tomás Valido, Nilo Delgado, Luis Miranda, Emilio Salgado, Chiche el catcher y tantos más, tuvo su momento de esplendor, sembrando la semilla del buen béisbol pinareño. Después, con el tiempo, aprendería de las competencias atléticas, que lo absorbían. Nos llamábamos para comentar alguna jugada de la Liga Mundial de Voleibol, una carrera de Ana Fidelia o Juantorena, la pegada de Stevenson o el batazo de Casanova. Era capaz de dilucidar complejas situaciones del juego en cuestión de segundos, como profundo conocedor del mundo que le rodeó, los deportes en el centro del colimador, aunque saltaba con soltura para un discurso de Felipe en Naciones Unidas, los desatinos de Bush y las guataquerías del “palanganero” Aznar. Admiró al Che, Raúl, Fidel, Almeida y Camilo. Hasta en los momentos más difíciles del Período Especial, que vivimos juntos, pared con pared, trago con trago y calamidad con calamidad, estuvo optimista con su Revolución, porque fue genuino, fiel y consecuente con sus principios. Apegado a ella, criticó lo mal hecho, defendió sus derechos y no escatimó esfuerzos para poner las cosas en orden, o al menos tratar de que así fuera. Una tarde de elecciones, a las seis en punto, me pidió que lo acompañara a la mesa electoral para ver cómo hacían las cosas y vigilar posibles entuertos, como lo sanciona la Constitución. Fuimos los únicos, pero nos mantuvimos y todo estuvo en orden, con algunas malas caras, por desconfianza o por el arte de la rareza. Por eso digo que Raúl fue auténtico con aquello de “al pan, pan y al vino, vino”. A sacarlo fueron una tarde de la cafetería del Capitán San Luis, cuando se bebía una cerveza, el mismo estadio que con sus manos ayudó a construir en su época de esplendor. Siempre he creído que aquel desventurado que osó desafiarlo no sabía con quién se metía. Sin pronunciar palabras, lo arrastró hacia el final de la cantina, lo tiró al suelo y le hizo saber de su pasado. Nunca más regresó, aunque tanto disfrutara la pelota y de aquellas frías. Dicen que todo transcurrió con la naturalidad del mundo. Así hizo mutis una figura de primer nivel del béisbol vueltabajero, que nada reclamó, porque su vida iba más allá de una simple escaramuza. Cuando promulgaron la Resolución sobre el retiro de las glorias deportivas, Raúl no estuvo en la lista, a pesar de tener los requisitos. Fue a La Habana, se entrevistó con las autoridades del béisbol, lo habló en Pinar con todos, reclamó, más que para él, para algunos de sus compañeros, pero no tuvo éxito, por razones que nunca entendería. A él poco le importaba el dinero, no ambicionó nada material, solo quería que la gente recordara que él, como tantos otros, había sido fundador de la pelota vueltabajera, se conformaba con la simpleza. Pero partió con eso dentro. Un día no habló más del asunto ni asistió a ninguna otra festividad beisbolera ni ceremonia, solo a nuestra Peña, su Peña. Fue el relevista del primer juego del Capitán San Luis y no quiso ir a la reinauguración del estadio. Se extrañó su presencia, todos preguntaban por él, desde el legendario Asdrúbal Baró, hasta su manager, El Gallego Salgado. Casi le imploré, pero él, fiel a sí mismo, no asistió. Y punto. A Raúl había que asimilarlo así. No creía en la gente que miraba por encima del hombro. No repartía saludos, se quejaba cuando íbamos a algún lugar y me detenía, por la herencia de mi padre. Prefería andar serio, como abstraído en sus pensamientos, quizás buscando algún personaje para su Operación Secreta, donde dejó gratos recuerdos. Acumuló una vasta experiencia como investigador criminal y supo llevar con maestría sus casos a la radio. Raúl fue un lector voraz, se bebía en un dos por tres un libro enjundioso y profundo y daba su perenne opinión. Era selecto en cuanto llevaba a los ojos, no se detenía en cosas triviales, supo aprovechar esa virtud para ampliar su espectro cultural. Por ello se nutrió de un cúmulo de conocimientos envidiables para crear, de la vida diaria que él trabajó, personajes que calaron hondo en el pueblo, así como el rechazo a los malos, a quienes no les negó algunas virtudes, como mortales al fin. Así escribió Operación Secreta durante años para Radio Guamá, un serial en el centro del dial, con las mayores audiencias. Hay otros escritores en ese espacio, pero ninguno, aunque lleve mayor virtud literaria, tuvo el choque directo con aquellos personajes a los que después dio vida con nombres que alguna vez le critiqué. Dejó un manuscrito de más de cuarenta páginas inéditas, que ojalá puedan ver la luz más temprano que tarde. También colaboró en emisoras nacionales. Raúl Martínez en el Estadio de Minas de Matahambre (1960) De igual modo incursionaba en la palabra escrita. En nuestras tertulias leyó algunas crónicas costumbristas con bis cómica de exquisita factura. Esos manuscritos los tuve en casa, le aconsejé algunas cosas y lo oyó como un hermano mayor puede oír al que le sigue. Tuvimos poco tiempo para perfeccionarlos y enviarlos a la Editorial. En ellos da cuerpo escriturario a sus más vívidas imágenes de las Minas, de su andar por la pelota y de su vida cotidiana. Algunos los utilicé, con su permiso, en Nosotros los peloteros, un homenaje a nuestro pueblo que disfrutó como pocos, donde no vacilé en dedicarle un capítulo, ni podía dejar de hacerlo. Ahí recordó a Macho Tomás, su hermano mayor, también sui géneris. Conoció de mis libros antes que nadie, cuando solo eran ideas e ilusiones, y me dio mucho ánimo. Por la agudeza de sus criterios, lo entrevisté en el comedor de mi casa para El señor Pelotero, pues admiró a Casanova más que a ninguno. No por casualidad le pedí el prólogo de Cosas de la Pelota (De Cooperstown a Las Minas). Con humildad trató de declinarlo, otros encumbrados le antecedieron, pero insistí, sería solo para él. Acudió a cuantas presentaciones hicimos. Lo leía con gusto y pasión, consciente del buen hacer. Cuando le comenté que quería crear una Peña Deportiva Cultural en la Editorial Hermanos Loynaz, solo puso una objeción, no quería tener como contertulios a la gente que le hizo daño, y lo cumplimos. Pensé en él para Presidente, pero propuso, con toda justicia, a su amigo y compañero, el legendario Guajiro Llende, él estuvo en Relaciones Públicas y se desvivió por dar a conocer en los diferentes medios nuestro modesto quehacer por rescatar la gloria vivida por el deporte vualtabajero. Allí participó, leyó sus escritos, comentó, bebió y disfrutó con boleros de antaño que tanto le recordaban las victrolas de los bares mineros. Como buen mortal, tuvo defectos, así lo prefiero, de otra forma me hubiera defraudado. Fumó y bebió más de lo prudente, lo que laceró su salud con un estómago ulceroso y de poco comer. Fue nulo en la casa, su Margarita del alma, esa mujer con nombre de flor que lo anidó como se acurruca a un niño, hacía los quehaceres. Prefería picar a comprar cigarrillos. A veces evitaba las comunicaciones. Pudo parecer un pesado, pero pocos tienen un sentido del humor tan fino y educado; sencillo mortal al ciento por ciento. Y eso lo engrandece. En medio de desafinaciones y sorbos etílicos, nuestras familias se unían, como buenos vecinos, a improvisar boleros en el portal de la casa en aquellos memorables apagones de los años noventa del siglo XX. Entre trago y trago, recorríamos las casas con sus muertos, emigrados y figuras descollantes. Nunca pudimos retraernos de aquel pueblo entre colinas que llevamos en la sangre. A Raúl le brillaban los ojos cuando nos íbamos, en las remembranzas, a las profundidades del coto minero. Margarita, Boris, Raulín, mi buena Carmen, Nora Alina y hasta la perrita Lany Hall dan fe de ello. Vivió como Sinatra, a su manera. Mensajero, cantinero, pelotero, militar, investigador criminal, abogado, Asesor legal, escritor y muchas cosas más, pero sobre todas crece el calificativo de genuino. A nada ni a nadie temió, no se anduvo con remilgos para decir lo mal hecho, aunque le costara caro. No comió a casa de nadie ni negó agua al sediento, le bastó con andar humildemente. Felipe me pidió el último adiós para Raúl, en verdad tendría mucho que decir de mi amigo, pero no hubiera podido, las palabras no saldrían y preferí hacer estas minutas en la soledad. De la tranquilidad que él siempre reclamó, brotó esta sencilla evocación. Hasta pronto hermano, cuando algún pitcher piense todo lo que tiene que pensar, lleve tu coraje, se concentre en lo que hace y desafíe a los estelares, pensaré en ti. Te lo prometo, como te prometí y cumplí, hacerme escritor. Pinar del Río, Cuba, 7 de Noviembre de 2007 |
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