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Osorio Patterson
Lo conocí por el
segundo apellido, en las Minas todos le decían Patterson. Lo de Osorio
me llegó después, cuando lo vi con equipos habaneros en las Nacionales.
No olvido aquella tarde en que regresó a mis recuerdos, estaba en el
cajón de espera en el repleto Latino. Aquella figura no podía olvidarla,
aunque estuviera con los rivales.
El Osorio
metamorfoseó un poco nuestro reencuentro. Hasta le pregunté a Felipe
Álvarez si era el mismo. -- ¿Pero tú no lo conoces? – Recuerdo a
Patterson. – Ése es su segundo apellido. – Y dio por terminada la
conversación.
En la XI Serie me
le acerqué con timidez: -- Patterson, ¿no te acuerdas de mí? -- ¡Cómo
no!, tú eres Juanito Osaba, ¿y qué es de la vida de Catibo?, ¿y los
viejos, y tu hermano Tito? – Enseguida montó una larga conversación de
años atrás en mi pueblo de Minas de Matahambre. Confieso que me
sorprendió, después de tanto tiempo. Era yo un niño, él un estelar,
ahora seguía siendo estelar, yo un hombre y jugador mediocre, llovió
mucho desde entonces.

El grito de las
entrañas
Minas de
Matahambre no es un pueblo decadente o fantasmal,
desde las venas
que le forjaron a la tierra sigue saliéndole identidad y vida
Atleta reconocido
en todo el país por su labor con Industriales y otros equipos de la
capital, durante 16 temporadas, pasó a la historia de nuestro béisbol
después de recorrerlo todo, y en eventos internacionales. Pocos
recuerdan que Osorio jugó con el equipo de Minas de Matahambre en 1960.
Eulogio Osorio
Patterson integró un trío que mucho dio que hablar, junto a un segunda
base extraclase que responde al nombre de Alejandro Reyes Chaterloing, a
raíz del cual se formó tremendo escándalo en la pelota popular pinareña,
cuando fue comprobada su condición de profesional, y Dámaso Torres,
lanzador insigne del pueblo de Ovas, conocido como El Diamante Negro, en
honor al legendario José de la Caridad Méndez.
Cuando concluyó
el torneo, en el propio 1960 Osorio se fue a jugar a una Liga que tuvo
gran realce en San Cristóbal, me refiero a la conocida como PR-2. Por
allá también hizo de las suyas, con una entrega al terreno pocas veces
vista.
En las Minas
pernoctaban en una casita habilitada detrás de la cerca del estadio, por
el center field. La abundante comida les llegaba de la Fonda de Santiago
y le pagaban 60 pesos a cada uno. El estelar lanzador minero Raúl
Martínez, no pocas veces disfrutó de aquellos manjares.
Desde su llegada
al pueblo fue uno más. Nunca discutió con nadie. Respetuoso, sonriente,
educado, caballeroso, fueron rasgos de su personalidad. La gente
aprendió a quererlo enseguida. No adicto a bebidas alcohólicas ni
consumado fumador, si acaso algún cigarrillo suave. Llevaba perennemente
el pantalón militar verde olivo, de esos con bolsillos grandes a los
lados.
Aunque su paso
fue efímero por el pueblo, dejó una estela de comprensión y cariño. Me
le acerqué bastante. Hicimos bonita amistad, como puede ser entre un
adulto y un niño de 13 marzos. Fue visita asidua en casa, donde, ante
todo, buscaba el café bien caliente temprano en la mañana.
Jugó regular en
súper trabucos como Industriales, Habana y Agricultores, casi siempre en
el jardín derecho, donde se tituló seis veces, a las órdenes de afamados
managers como Ramón Carneado, Juan Coco Gómez, y su compañero Pedro
Chávez. Huella indeleble: 1 224 hits, promedio de 283, con 139 bases
robadas. Fue el primer jugador que conectó más de 100 indiscutibles en
una temporada, fue en la de 1968, cuando el equipo Habana se coronó
campeón.
Su maestría para
tocar la bola es antológica. Jamás enseñó el toque cuando tenía tales
intenciones. El sacrifico lo ejecutaba como un maestro, no recuerdo
verlo fallar. Se enroscaba en home y cumplía ese rol con decoro pocas
veces visto. Entonces regresaba al dugout como solo hacen los que
cumplen cabalmente el deber. Ahí sí le noté cierto aire de orgullo,
quizás en respuesta a quienes lo ofendían desde el graderío.
Se destacó más en
aspectos del juego que no van a los numeritos, pasión sin límites. De
pequeña estatura, dominio absoluto de la técnica, rápido, felina
intuición, era capaz de sorprender a cualquier lanzador o provocar una
confusión en medio del juego hasta para los árbitros. Uno de los
peloteros que mejor conoció las complejas reglas de su deporte.
Cogía el bate
cortico, cuando no estaba generalizada tal modalidad, lo que suponía
tirarle solo a chocar la bola para embasarse, pero dio batazos grandes,
aunque solo conectó 25 cuadrangulares. Su presencia en el home plate
inspiraba respeto. Corriendo las bases era un peligro, se tiraba duro
contra cualquiera, no midió ni pesó consecuencias. Aquella alma cándida
podía, en segundos, trastocarse en fiera si había beneficio para su
equipo.
Cuando declinó,
no pudo separarse del terreno. Comenzó a practicar sóftbol, con la misma
seriedad de siempre. Integró la selección nacional de ese deporte y ganó
cinco medallas de oro en torneos internacionales. Huella demasiado
grande como para eclipsarse.
Después lo vi
desempeñarse en juegos de veteranos, cargando años de mucho honor, como
entrenador siempre llevó el ímpetu de divisa a sus pupilos dentro y
fuera de Cuba, como en Venezuela durante 20 meses. De allí regresó poco
antes de partir definitivamente, porque su semilla tenía que quedar
aquí.
La última vez que
conversamos fue en el ómnibus hacia Holguín, su tierra natal, para el
Juegos de las Estrellas de 2002, a raíz de mi presentación allá del
libro El Niño Linares. Le firmé uno en el José Ramón Cepero de Ciego de
Ávila, en escala para almorzar, junto al eterno Asdrúbal Baró.
Recordamos tiempos pasados, presentes y por venir. Aquella voz grave la
recordaré siempre, llevaba el signo de la capacidad beisbolera que se
llevó a la tumba.
Y ahora mírenme
aquí. Un pinareño rancio, que solo disfruta con las victorias de color
verde, rindiendo homenaje a quien tantas veces nos dejó tendidos o hizo
sufrir. A un holguinero, nacionalizado de la capital, como tantos miles,
vueltabajero de ocasión, e hijo de Cuba, la patria que supo defender
desde varias trincheras, con espíritu deportivo.
Desde el jueves
10 de agosto de 2006 reposan sus restos en el cementerio de Colón, junto
a tantas figuras ilustres. Allí estará por siempre con su humildad,
silencioso, como uno más, al acecho de alcanzar alguna base o echar por
tierra la injusticia, venga de donde venga.
Ceñida la toga
viril al cuello, continuará implacable bate en mano.
Fue un trabajo
para Uds., del profesor Juan Antonio Martínez de Osaba y Goenaga.
El pelotero (I)
El pitcher está
encendido. El Pelotero lo estudia desde el dugout, que si está
repitiendo el mismo envío contra cualquiera, que no es analítico, ni
sabe los defectos de cada cual.
-- Le voy a
esperar una curva que no desarrolle bien, la tira cada tres
lanzamientos, tengo que decírselo a la gente.
Y sale un
bateador tras otro sin dar el buen batazo, la mayoría por ponches bien
servidos. Solo uno ancló, por el camino del dolor, en la inicial. El
Pelotero sigue en sus trece.
-- Conmigo que no
cuente, no me va a ponchar así como así, qué se habrá creído, a fin de
cuentas no pasa de las 92 millas, pero tendré que sacar el bate con más
fuerza, si lo hago como siempre, estoy perdido.
En ese momento
tomó una decisión de incalculables consecuencias: cambiar el sistema de
bateo. Ningún jugador, por bueno que sea, puede darse ese lujo durante
el partido, porque cuando menos efecto hace, provoca la
desconcentración. Pero fue la forma que escogió El Pelotero para encarar
aquella “fiera” que desde el box lo desafiaba.
Nuestro hombre
sabía que era el mejor bateador del team, y de toda la Liga. Lo avalaban
resultados extraordinarios dentro y fuera del país. El pitcher era punto
menos que un advenedizo. Otro pecado capital: menospreciar al rival. Un
bateador tiene que ir siempre por todas. Ted Williams, para muchos el
mejor de todos los tiempos, tenía su propia filosofía:

Ted Williams
“Para los
pitchers malos me preparo mejor, voy a conectarle cuatro o cinco hits,
al bueno trataré de darle uno o dos. A fin de cuentas, somos iguales…”
En esa filosofía
estuvo más de dos décadas en las Mayores y se distinguió como ninguno.
Dicen que acumuló average de envidia maltratando a los débiles. Y no le
faltó razón.
Pero El Pelotero
tenía otra filosofía: él y todos sus oficios sobre los demás. Elevado en
cima de cristal, veía el mundo a sus pies. La gente lo animaba, lo
seguía como a ninguno, lo adoraba en las buenas y las malas. Niño mimado
de multitudes, vanagloria casi segura.
Llegó el turno
para el tercer bate, quien después de conectar varios fouls, hizo swing
de lujo a una recta por el medio de home que el umpire cantó con saña.
Dejó el camino abierto, bien limpio para El Pelotero, que soltó tres de
los cuatro bates con los que calentaba en el círculo de espera, hizo un
par de ejercicios calisténicos y avanzó despacio hacia home, dueño de la
escena.
La gente parecía
enloquecer en aquella última oportunidad de, al menos, empatar el
desafío. Como quien se sabe poseído por la naturaleza y también la
fortuna, giró sobre sus talones y divisó en el graderío a la rubia linda
que horas antes le entregó el corazón y mucho más. Besó en la palma de
la mano derecha y sopló al viento el aire descomprimido de pulmones de
lujo, con la certeza de que se anidaría, entre miles, en la boca de
ella.
En el box, el
lanzador no se desconcentró, oyó los consejos del manager o se hizo el
que lo escuchó con atención:
-- No se te vaya a
ocurrir tirarle alguna recta por el medio de home, que nos jode.
-- No se preocupe,
que a este lo conozco.
Se viró para el
catcher y le ordenó agacharse bien, separado del cajón, en posición de
nalgas casi contra el suelo, porque iba a lanzar bien bajito. Estuvieron
de acuerdo.
-- Déjame ver
cómo entra y se prepara para batear. Si se abre bastante es para dar
jonrón, y ahí mismo me lo bebo, lo voy a sacar de paso. Ojalá no levante
bien el bate, una más los pies y se agache, porque será más difícil.
Pero me parece desconcentrado, anda tirando besos a las gradas y
haciéndose el chulo, creo que lo tengo en mis manos.
Se viró de
espaldas a home, parecía entretenido, fuera del juego, como si nada
pasara. Y la gente le gritaba hasta improperios, pero como si con él no
fuera. Cogió un poco de pezrrubia, golpeó la bola con el saquito, hizo
algunas señas a sus jugadores, que no hacían otra cosa que darle ánimo,
y decidió enfrentar al, quizás, último hombre del juego.
Cuando se dispuso
a lanzar, con corredor en primera al que nunca debió dar un pelotazo,
sintió molestias en los ojos. Aquel fanático, con un cristal desde lo
más alto del graderío, lo molestaba con el sol que parecía tragárselo.
Y el pitcher
pidió tiempo.
(Continuará)
Fue un trabajo
para Uds., del profesor Juan Antonio Martínez de Osaba y Goenaga.
Amigo mío: Ahí te envío este nuevo artículo sobre un buen pelotero que
ya partió, jugó con una pasión pocas veces vista. Saludos a la señora
Edith. Un abrazo.
Juanito.
Pinar del Río, Cuba, a 23 de septiembre de 2006 |