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Prof. Juan Antonio Martínez de Osaba y Goenaga

 

 

 

 

 

 

 

 

Música:

Mona Lisa

 

 

 

 

 

 

 

Osorio Patterson

 

   Lo conocí por el segundo apellido, en las Minas todos le decían Patterson. Lo de Osorio me llegó después, cuando lo vi con equipos habaneros en las Nacionales. No olvido aquella tarde en que regresó a mis recuerdos, estaba en el cajón de espera en el repleto Latino. Aquella figura no podía olvidarla, aunque estuviera con los rivales.

   El Osorio metamorfoseó un poco nuestro reencuentro. Hasta le pregunté a Felipe Álvarez si era el mismo. -- ¿Pero tú no lo conoces? – Recuerdo a Patterson. – Ése es su segundo apellido. – Y dio por terminada la conversación.

   En la XI Serie me le acerqué con timidez: -- Patterson, ¿no te acuerdas de mí? -- ¡Cómo no!, tú eres Juanito Osaba, ¿y qué es de la vida de Catibo?, ¿y los viejos, y tu hermano Tito? – Enseguida montó una larga conversación de años atrás en mi pueblo de Minas de Matahambre. Confieso que me sorprendió, después de tanto tiempo. Era yo un niño, él un estelar, ahora seguía siendo estelar, yo un hombre y jugador mediocre, llovió mucho desde entonces.

 

                           

El grito de las entrañas

Minas de Matahambre no es un pueblo decadente o fantasmal,

desde las venas que le forjaron a la tierra sigue saliéndole identidad y vida

 

   Atleta reconocido en todo el país por su labor con Industriales y otros equipos de la capital, durante 16 temporadas, pasó a la historia de nuestro béisbol después de recorrerlo todo, y en eventos internacionales. Pocos recuerdan que Osorio jugó con el equipo de Minas de Matahambre en 1960.

   Eulogio Osorio Patterson integró un trío que mucho dio que hablar, junto a un segunda base extraclase que responde al nombre de Alejandro Reyes Chaterloing, a raíz del cual se formó tremendo escándalo en la pelota popular pinareña, cuando fue comprobada su condición de profesional, y Dámaso Torres, lanzador insigne del pueblo de Ovas, conocido como El Diamante Negro, en honor al legendario José de la Caridad Méndez.

   Cuando concluyó el torneo, en el propio 1960 Osorio se fue a jugar a una Liga que tuvo gran realce en San Cristóbal, me refiero a la conocida como PR-2. Por allá también hizo de las suyas, con una entrega al terreno pocas veces vista.

   En las Minas pernoctaban en una casita habilitada detrás de la cerca del estadio, por el center field. La abundante comida les llegaba de la Fonda de Santiago y le pagaban 60 pesos a cada uno. El estelar lanzador minero Raúl Martínez, no pocas veces disfrutó de aquellos manjares.

   Desde su llegada al pueblo fue uno más. Nunca discutió con nadie. Respetuoso, sonriente, educado, caballeroso, fueron rasgos de su personalidad. La gente aprendió a quererlo enseguida. No adicto a bebidas alcohólicas ni consumado fumador, si acaso algún cigarrillo suave. Llevaba perennemente el pantalón militar verde olivo, de esos con bolsillos grandes a los lados.

   Aunque su paso fue efímero por el pueblo, dejó una estela de comprensión y cariño. Me le acerqué bastante. Hicimos bonita amistad, como puede ser entre un adulto y un niño de 13 marzos. Fue visita asidua en casa, donde, ante todo, buscaba el café bien caliente temprano en la mañana.

   Jugó regular en súper trabucos como Industriales, Habana y Agricultores, casi siempre en el jardín derecho, donde se tituló seis veces, a las órdenes de afamados managers como Ramón Carneado, Juan Coco Gómez, y su compañero Pedro Chávez. Huella indeleble: 1 224 hits, promedio de 283, con 139 bases robadas. Fue el primer jugador que conectó más de 100 indiscutibles en una temporada, fue en la de 1968, cuando el equipo Habana se coronó campeón.

   Su maestría para tocar la bola es antológica. Jamás enseñó el toque cuando tenía tales intenciones. El sacrifico lo ejecutaba como un maestro, no recuerdo verlo fallar. Se enroscaba en home y cumplía ese rol con decoro pocas veces visto. Entonces regresaba al dugout como solo hacen los que cumplen cabalmente el deber. Ahí sí le noté cierto aire de orgullo, quizás en respuesta a quienes lo ofendían desde el graderío.

   Se destacó más en aspectos del juego que no van a los numeritos, pasión sin límites. De pequeña estatura, dominio absoluto de la técnica, rápido, felina intuición, era capaz de sorprender a cualquier lanzador o provocar una confusión en medio del juego hasta para los árbitros. Uno de los peloteros que mejor conoció las complejas reglas de su deporte.

   Cogía el bate cortico, cuando no estaba generalizada tal modalidad, lo que suponía tirarle solo a chocar la bola para embasarse, pero dio batazos grandes, aunque solo conectó 25 cuadrangulares. Su presencia en el home plate inspiraba respeto. Corriendo las bases era un peligro, se tiraba duro contra cualquiera, no midió ni pesó consecuencias. Aquella alma cándida podía, en segundos, trastocarse en fiera si había beneficio para su equipo.

   Cuando declinó, no pudo separarse del terreno. Comenzó a practicar sóftbol, con la misma seriedad de siempre. Integró la selección nacional de ese deporte y ganó cinco medallas de oro en torneos internacionales. Huella demasiado grande como para eclipsarse.

   Después lo vi desempeñarse en juegos de veteranos, cargando años de mucho honor, como entrenador siempre llevó el ímpetu de divisa a sus pupilos dentro y fuera de Cuba, como en Venezuela durante 20 meses. De allí regresó poco antes de partir definitivamente, porque su semilla tenía que quedar aquí.

   La última vez que conversamos fue en el ómnibus hacia Holguín, su tierra natal, para el Juegos de las Estrellas de 2002, a raíz de mi presentación allá del libro El Niño Linares. Le firmé uno en el José Ramón Cepero de Ciego de Ávila, en escala para almorzar, junto al eterno Asdrúbal Baró. Recordamos tiempos pasados, presentes y por venir. Aquella voz grave la recordaré siempre, llevaba el signo de la capacidad beisbolera que se llevó a la tumba.

   Y ahora mírenme aquí. Un pinareño rancio, que solo disfruta con las victorias de color verde, rindiendo homenaje a quien tantas veces nos dejó tendidos o hizo sufrir. A un holguinero, nacionalizado de la capital, como tantos miles, vueltabajero de ocasión, e hijo de Cuba, la patria que supo defender desde varias trincheras, con espíritu deportivo.

   Desde el jueves 10 de agosto de 2006 reposan sus restos en el cementerio de Colón, junto a tantas figuras ilustres. Allí estará por siempre con su humildad, silencioso, como uno más, al acecho de alcanzar alguna base o echar por tierra la injusticia, venga de donde venga.

   Ceñida la toga viril al cuello, continuará implacable bate en mano.

   Fue un trabajo para Uds., del profesor Juan Antonio Martínez de Osaba y Goenaga.

 

El pelotero (I)

    El pitcher está encendido. El Pelotero lo estudia desde el dugout, que si está repitiendo el mismo envío contra cualquiera, que no es analítico, ni sabe los defectos de cada cual.

   -- Le voy a esperar una curva que no desarrolle bien, la tira cada tres lanzamientos, tengo que decírselo a la gente.

   Y sale un bateador tras otro sin dar el buen batazo, la mayoría por ponches bien servidos. Solo uno ancló, por el camino del dolor, en la inicial. El Pelotero sigue en sus trece.

   -- Conmigo que no cuente, no me va a ponchar así como así, qué se habrá creído, a fin de cuentas no pasa de las 92 millas, pero tendré que sacar el bate con más fuerza, si lo hago como siempre, estoy perdido.

   En ese momento tomó una decisión de incalculables consecuencias: cambiar el sistema de bateo. Ningún jugador, por bueno que sea, puede darse ese lujo durante el partido, porque cuando menos efecto hace, provoca la desconcentración. Pero fue la forma que escogió El Pelotero para encarar aquella “fiera” que desde el box lo desafiaba.

   Nuestro hombre sabía que era el mejor bateador del team, y de toda la Liga. Lo avalaban resultados extraordinarios dentro y fuera del país. El pitcher era punto menos que un advenedizo. Otro pecado capital: menospreciar al rival. Un bateador tiene que ir siempre por todas. Ted Williams, para muchos el mejor de todos los tiempos, tenía su propia filosofía:

Ted Williams

   “Para los pitchers malos me preparo mejor, voy a conectarle cuatro o cinco hits, al bueno trataré de darle uno o dos. A fin de cuentas, somos iguales…”

   En esa filosofía estuvo más de dos décadas en las Mayores y se distinguió como ninguno. Dicen que acumuló average de envidia maltratando a los débiles. Y no le faltó razón.

   Pero El Pelotero tenía otra filosofía: él y todos sus oficios sobre los demás. Elevado en cima de cristal, veía el mundo a sus pies. La gente lo animaba, lo seguía como a ninguno, lo adoraba en las buenas y las malas. Niño mimado de multitudes, vanagloria casi segura.

   Llegó el turno para el tercer bate, quien después de conectar varios fouls, hizo swing de lujo a una recta por el medio de home que el umpire cantó con saña. Dejó el camino abierto, bien limpio para El Pelotero, que soltó tres de los cuatro bates con los que calentaba en el círculo de espera, hizo un par de ejercicios calisténicos y avanzó despacio hacia home, dueño de la escena.

   La gente parecía enloquecer en aquella última oportunidad de, al menos, empatar el desafío. Como quien se sabe poseído por la naturaleza y también la fortuna, giró sobre sus talones y divisó en el graderío a la rubia linda que horas antes le entregó el corazón y mucho más. Besó en la palma de la mano derecha y sopló al viento el aire descomprimido de pulmones de lujo, con la certeza de que se anidaría, entre miles, en la boca de ella.

   En el box, el lanzador no se desconcentró, oyó los consejos del manager o se hizo el que lo escuchó con atención:

-- No se te vaya a ocurrir tirarle alguna recta por el medio de home, que nos jode.

-- No se preocupe, que a este lo conozco.

   Se viró para el catcher y le ordenó agacharse bien, separado del cajón, en posición de nalgas casi contra el suelo, porque iba a lanzar bien bajito. Estuvieron de acuerdo.

   -- Déjame ver cómo entra y se prepara para batear. Si se abre bastante es para dar jonrón, y ahí mismo me lo bebo, lo voy a sacar de paso. Ojalá no levante bien el bate, una más los pies y se agache, porque será más difícil. Pero me parece desconcentrado, anda tirando besos a las gradas y haciéndose el chulo, creo que lo tengo en mis manos.

   Se viró de espaldas a home, parecía entretenido, fuera del juego, como si nada pasara. Y la gente le gritaba hasta improperios, pero como si con él no fuera. Cogió un poco de pezrrubia, golpeó la bola con el saquito, hizo algunas señas a sus jugadores, que no hacían otra cosa que darle ánimo, y decidió enfrentar al, quizás, último hombre del juego.

   Cuando se dispuso a lanzar, con corredor en primera al que nunca debió dar un pelotazo, sintió molestias en los ojos. Aquel fanático, con un cristal desde lo más alto del graderío, lo molestaba con el sol que parecía tragárselo.

   Y el pitcher pidió tiempo.

   (Continuará)  

   Fue un trabajo para Uds., del profesor Juan Antonio Martínez de Osaba y Goenaga.

 

Amigo mío: Ahí te envío este nuevo artículo sobre un buen pelotero que ya partió, jugó con una pasión pocas veces vista. Saludos a la señora Edith. Un abrazo.

Juanito.

Pinar del Río, Cuba, a 23 de septiembre de 2006

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