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Prof. Juan Antonio Martínez de Osaba y Goenaga

 

 

 

 

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Juan Carlos Linares

Por el profesor Juan Antonio Martínez de Osaba y Goenaga.

Juan Carlos y Omar Linares en el Estadio Capitán San Luis de Pinar del Río, Cuba, 1997.

   Es una copia al papel carbón de su padre. Y es algo que le agradeceremos siempre, porque recordar en el diamante al gran Fidel Linares, es un regalo para la afición de cualquier parte del país. El viejo solo pudo estar 10 temporadas en nuestros clásicos, que le llegaron un poco tarde, aunque con fuerzas suficientes para brillar con luz propia. En eso lo aventajó su vejigo menor, que nos deleitó durante 17 años.

   Juan Carlos Linares Izquierdo, el segundo hijo de Fidel y Panchita, nació el 17 de octubre de 1970, un año que hizo historia, aunque no se alcanzaran los añorados diez millones de toneladas de azúcar. Y digo que hizo historia, porque el pueblo se volcó hacia aquella conquista y llegamos a una cifra récord de ocho millones y medio. Cuando cerró la zafra, Juan Carlos no había nacido y no pudo beberse las fantásticas cervezas Pilsen 70, hechas para la ocasión, ni el primer ron Legendario, que tan buena huella dejó en unos carnavales para no olvidar.

De Izq. a Der.: Dianelis, Omar, su hija Zamira, Fidel y Panchita

   Por aquel entonces, Fidel daba sus últimos pasos por las contiendas beisboleras y Omar tenía tres añitos. Nadie pudo imaginar la impronta que, décadas después, dejarían esos hermanos. Criado en cuna humilde y honesta, lleva Juan Carlos una estirpe imposible de desarraigar. Jaranea como el padre, a quien apodamos “Maraña” cuando se cuidaba de todos a la hora de guardar las cosas. Fidel fue un hombre de humor finísimo, que supo dejar una huella definitiva.

   Un día escuché en boca de Domingo Zavala, entonces Comisionado Nacional de Béisbol, que Juan Carlos sería superior a Omar. No se cumplió el vaticinio, pero tampoco necesitó la sombra del hermano ni del padre, porque brilló con su estilo todo el tiempo que permaneció en los jardines o la Inicial. Para muchos se retiró temprano, pero el terreno le hizo daño, sufrió varios accidentes. Dolores profundos en el brazo de tirar lo llevaron más hacia la Inicial, donde dejó su impronta definitiva.

   En su carrera patrulló los tres jardines, aunque lo hizo más en la pradera izquierda. No fue un jugador espectacular, nada más ajeno a su temperamento. Las bolas caían en su guante, como atrapadas por un imán, convertía las jugadas complejas en sencillas. Siempre le vi unas excelentes condiciones para jugar en la Inicial, posición donde se mantenía en el juego diario y podía aportar más a la causa.

   No fue Juan Carlos un jugador de suerte, todo lo contrario: Lesiones frecuentes, hepatitis, dolores musculares, resentimientos en el brazo de tirar, y otros infortunios, le dejaron su huella. No creo que otro vueltabajero haya dejado una estela más luminosa, pues supo hacer del oficio del béisbol un sacerdocio, al pulir con paciencia de relojero la disciplina que lo encumbró.

   No fue lo que podemos llamar un slugger natural, pero conectó 106 cuadrangulares, 34 triples y 272 dobletes, para impulsar un total de 715 carreras. Su average de por vida se elevó a 322, con 836 carreras anotadas. Semejante palmarés es solo de escogidos, usted puede analizar uno por uno los defensores de la primera almohadilla en el país y encontrará pocos que lo igualen; en la provincia, nadie.

   Es cierto que su carrera se vio limitada por percances que en nada lo opacaron. A mi juicio, tuvo que arrastrar con las poderosas imágenes de su padre y el hermano, ambos en galería de oro del béisbol cubano, pero él dejó su propia huella. Todos los directores lo querían, porque defendió con honor y la vida por medio, la gallardía que le vino de cuna. Ni pidió ni dio tregua en su entrega al terreno, donde nunca conoció la expulsión.

   Serio, responsable, disciplinado, de buen carácter, amistoso, digno padre de familia y enamorado de la vida, ha sabido llevar hasta sus últimas consecuencias sus objetivos. Omar y Fidel no conocieron la gloria de los libros universitarios, por diferentes razones, pero Juan Carlos conquistó, a base de esfuerzo y dedicación, su título de Licenciado en Cultura Física en nuestra Facultad “Nancy Uranga Romagoza”. Sus profesores lo recordamos con mucha disciplina y dedicación al estudio en sus pocos ratos libres. Cuando otros faltaban, amparados en los rigores del entrenamiento, Juan Carlos asistía rigurosamente a las aulas, por eso se graduó con buenas calificaciones.

   Me gustaba ir al terreno para verlo correr desbocado, con aquella ropa que parecía quedarle grande y con la gorra muchas veces en el suelo, al parecer desorientado, y lograr atrapadas de leyenda, como aquella donde se balanceó sobre la antigua cerca de metal del center field y caer dentro del terreno, bola en mano. Nadie permaneció sentado, quizás solo los narradores. Él atrapó la bola, se zarandeó, se impulsó hacia delante y volvió al mundo del béisbol con un engarce legendario. Las tribunas enloquecieron y Juan Carlos, como si cualquier cosa, recogió la gorra y salió con el paso lento de siempre hacia su posición para continuar el juego.

   En primera hizo lo que tenía que hacer. Sus splintadas daban de qué hablar, pues se estiraba como un verdadero gimnasta y salía con la bola en el centro del mascotín. Al principio lo noté, como a todos los que se inician, con cierta falta de sincronización, pero rápidamente se convirtió en excelente defensor del primer cojín. Es que Juan Carlos nació para la pelota, como su padre y el hermano.

   Tan humilde, ante una pregunta indagando por Omar para mi libro el Niño Linares, donde cuestionaba el daño que pudo hacerle la figura inmensa del hermano, respondió:

   --Nunca he sentido complejo, siempre hago lo que esté dentro de mis posibilidades. Trato de darlo todo en el terreno para ayudar al equipo de Pinar del Río y al Nacional, pues tengo que seguir adelante y luchar. Pienso que la calidad humana de Omar es excepcional. En el terreno tengo que olvidarme de que es mi hermano. Sigo sus consejos, pero hago las cosas acorde con mis posibilidades.

   Precisa respuesta de quien admira, más que nadie, al hermano.

 

Comentario del Dr. Jaime Cervantes Pérez:

Ty Cobb ha sido el más grande jugador que he conocido en agresividad para ganar juegos, y lo admiro mucho. Como quisiera yo que en México tuviéramos al menos uno de la calidad de él o no he conocido a todos; pero aquí en México la mayoría juegan un béisbol cobarde, miedoso.

Ty Cobb tuvo una historia tremenda, en otra ocasión la narraremos, pues es muy dramática, se rumora que su mamá pidió a su amante matar a su esposo, papá de Ty Cobb, cuando el esposo la encontró con su amante.

 

Ty Cobb en La Habana

      Millones de hombres han jugado pelota desde que se diseñaron las actuales medidas y sus reglas, con cientos de Ligas en todo el orbe. Los hubo y hay estelarísimos, excelentes, muy buenos, buenos, regulares y malos. Monstruos sagrados, solo algunos. Me referiré a quien es un jugador insigne que trastorna a cubanos y norteamericanos hace más de un siglo.

Así jugaba Ty Coob, una barrida en home

   Ty Cobb nació el 18 de diciembre de 1886 y murió el 17 de julio de 1961. Fue un hombre de su tiempo y como tal actuó, con no pocos apuros. Alguna que otra vez estuvo al margen de la expulsión del béisbol organizado por acusaciones de fraude. Las enfrentó y parece absuelto por la historia. Está seleccionado, con justicia, entre los Mejores del Siglo XX.

   Alcanzó resultados incomparables. Veloz, de buenas manos, resbaladizo y súper inteligente, volaba sobre las bases como quien anda en casa. Anotó 2 245 carreras, un récord que mantiene desde fines de la década del veinte del siglo pasado. Estuvo en Grandes Ligas desde 1905 hasta 1928. Veintitrés temporadas con los Tigres de Detroit. El sureño le cogió el gusto a la fría ciudad que es la meca del automóvil, cercana a Canadá.

   Hablan los datos: Líder absoluto de bateo con promedio de 366, similar al de Omar Linares en Series Nacionales. Después de Pete Rose, es quien más hits ha conectado, con 4 191. Cuarto en bases robadas, con 892. Seleccionado como el Jugador Más Valioso en 1911 y obtuvo la codiciada Triple Corona en 1909. Alcanzó 12 títulos de bateo. No sé si es el único, difícilmente otro haya promediado por encima de la prohibitiva marca de los 400 en tres temporadas y trece sobre los 350.

   En nueve oportunidades bateó sobre los 200 hits, líder en siete ocasiones. Campeón en bases robadas por seis temporadas y cinco en carreras anotadas. Semejante aval es solo de los escogidos. No se destacó por su poder, como Babe Ruth, Ted Williams o Mickey Mantle; cada cual a lo suyo, aunque dio buenos batazos. En su campo fue y es un inmortal.

Ty Cobb a la derecha, con un enemigo que no pudo vencer Baby Ruth

   Quizás pocos sepan que Ty Cobb estuvo en La Habana con sus Tigres en 1910, cuando comenzaba a ocupar los primeros planos. Entonces hubo frecuentes visitas de equipos de las Grandes Ligas en su fase de entrenamiento, gracias al clima tropical, las acogedoras instalaciones y las buenas compañías. En aquel año jugaron varios partidos contra los Azules del Almendares y trajeron a sus estelares, incluido Ty Cobb. La gente corrió hacia el antiguo Almendares Park para ver a la gran figura, récord de taquillas.

      Famoso por jugar duro y tirarse con los spikes bien altos, acostumbrado a robar cuanta base quiso, llegó cuatro veces a la inicial y salió disparado para segunda otras tantas. Entre los receptores Bruce Petway y el cubano Gervasio, Strike González, lo pusieron out las cuatro veces. En la última se indignó y reclamó que la almohadilla estaba más lejos de lo reglamentado. Se reunieron los árbitros y midieron la distancia, comprobaron que tenía razón, tres pulgadas más lejos. Entonces ordenaron colocarla donde correspondía y mantuvieron las decisiones. ¡Ty Cobb no robó bases en La Habana!

   Mucho se habló de su visita. Que si huraño, cómico o dicharachero. Que si vestía bien, o anduvo con féminas. En fin, cosas faranduleras de artistas y deportistas. Pero todos se dieron el lujo de ver en persona a Ty Cobb, quien pasó a la historia del béisbol como un símbolo, al estilo de Hank Aaron o Joe DiMaggio.

   En su época la bola era menos viva, los lanzadores no poseían el repertorio de hoy ni la ciencia y la técnica estaban en función de este apasionante deporte. Cada cual en su tiempo. Nada le quita méritos al “Georgia Peach”, como le llamaron sus amigos y compañeros, por ser oriundo de las tierras del sur.

   Nació blanco, en la racista Atlanta, y desde temprano asumió un odio feroz por los de la piel oscura. El gran Babe Ruth fue más trigueño y venía de origen latino. Cuando coincidieron en un merecido homenaje, el de la piel más clara se negó a ocupar la misma habitación del Bambino y declaró:

          “Nunca he dormido bajo el mismo techo que un negro, y no lo voy a hacer aquí, en mi Estado natal, Georgia…” (Tomado de Latinos en el Béisbol, James D. Cockcroft, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2005).

   Triste pergamino para un extraclase.

   Fue un trabajo para Uds., del profesor Juan Antonio Martínez de Osaba y Goenaga.

La Habana, Cuba, 5 de abril de 2007

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